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San Gil: Una mirada a la villa luego de tres siglos

por Daniel Morales Mendoza

Entender a San Gil y su ambiente propio, es un proceso que puede no ser fácil de digerir. En una tierra de tantos contrastes y de orígenes tan singulares e ilustres, sólo cabe la definición de “Macondiano”.

Las diferencias de clase han existido siempre, y aunque muchos piensan que de la diferenciación entre seres humanos sólo pueden resultar cosas negativas, hay ocasiones en que la necesidad de ser diferentes propicia el nacimiento de cosas muy buenas.


Corría el siglo XVII, cuando aún la dominación Española sobre sus colonias en América era absoluta. Familias de antigua hidalguía se habían asentado sobre las tierras del nuevo continente en busca de forjar mejores fortunas. La iglesia católica, un ícono de la cultura de España, se preocupaba por extender sus creencias sobre los nativos Americanos y mantener la fe de sus hijos Españoles. Infinidad de asentamientos con fines doctrinales habían ido naciendo a lo largo y ancho del territorio de América, mientras el tribunal de la Santa Inquisición cumplía con sus funciones.


Enclavada en medio de la cordillera oriental y atravesada por las recias tierras, propias de lo que un día sería el departamento de Santander, la doctrina del Móncora agrupaba un número importante de feligreses y a su vez tenía bajo su escuela a un centenar de indígenas, que semanalmente recibían sus oficios de manos del sacerdote doctrinero.


Más una incomodidad se fermentaba entre las familias de piel blanca y nombre peninsular. El malestar de compartir con los indígenas los oficios religiosos, sumado a la importante distancia que desde sus haciendas, ubicadas en cercanías al caudaloso río Mochuelo, debía recorrerse para llegar a la iglesia de Móncora, suscitaron una necesidad que depositaron inicialmente en manos de Don Francisco Díaz Sarmiento y posteriormente encargaron a Don Leonardo Currea de Betancurt, para que a través de la Real Audiencia se hicieran las diligencias pertinentes, que les permitieran la fundación de una Villa con escudo de armas directamente autorizado por el gobierno de España.


Honrando sus creencias como católicos fervientes propusieron el nombre de” Santa Cruz” al proyecto de fundación de la nueva villa añadiéndole el “y San Gil” en una clara alusión de reverencia al entonces presidente de la Real Audiencia Don Gil Cabrera y Dávalos. Fue así como el 17 de Marzo de 1689 la Real Audiencia dictó el auto de fundación de la Villa de Santa Cruz y San Gil de la nueva Baeza y el 11 de Mayo del mismo año fue otorgada la respectiva carta de licencia para la fundación efectiva.


323 años han transcurrido ya desde que los orgullosos hacendados de las inmediaciones del Mochuelo (que más tarde se convertiría en el río Fonce), separaron sus oficios religiosos de la cercanía de los indígenas del Móncora; sin embargo su idiosincrasia sigue tan altiva como entonces, haciendo honor a sus orígenes.


Entender a San Gil y su ambiente propio, es un proceso que puede no ser fácil de digerir. En una tierra de tantos contrastes y de orígenes tan singulares e ilustres, sólo cabe la definición de “Macondiano”.


Para quienes somos seguidores de la obra del Nobel García Márquez y de la saga de Macondo, la definición de “Macondiano” es algo cercano a una magia que está presente siempre en el entorno de un lugar. Una magia que lo hace único y que además permite descubrirlo cada vez de nuevo y de una forma distinta.


Cuando mi familia asentó su domicilio en el municipio de San Gil, hace ya catorce años, descubrí en principio un lugar con gentes altivas, de carácter difícil pero una hospitalidad fácil. Los años y las múltiples experiencias me han permitido explorar un sitio tan mágico como el mismo Macondo. Un sitio donde las aguas de un río tan impredecible como sus gentes, corren raudas atravesando unas calles de inclinación irrepetible, que dan una idea de la aventura extrema que tan popular se ha vuelto en las últimas décadas y que nació allí mismo, en medio de las travesuras de muchachos alegres que bajaban el río encaramados en neumáticos, como precursores de un deporte que hoy cuenta con miles de fanáticos. Allí en aquellas tierras fértiles pero difíciles tan propias de la geografía de Santander, en donde el equilibrio entre el hombre y la naturaleza forma unas situaciones inimaginables. En esos mismos rincones donde una iglesia colonial, mira desde hace tres siglos a creyentes que guardan la misma fe en una religión que parece imperecedera. Desde las mismas construcciones en tapia, que guardan en su patio interior una fuente en el centro, como recuerdo de sus hermanas al otro lado del atlántico y que vieron a sus dueños fundar una villa altiva, un lugar bello, un recodo de ensueño que atrapa al visitante desde el primer momento.


Después de catorce años, siento aún la magia incólume de los días que se suceden en aquel Macondo Santandereano, ubicado en las montañas más ariscas de una cordillera majestuosa, donde los atardeceres son irrepetibles, donde los colores del cielo son inigualables, donde la actitud de las gentes, es simplemente memorable. Es por eso que aunque mi espíritu es joven y las ciudades son atractivas, cada semana regreso a experimentar esa magia, a vivir de los recuerdos y a imaginar a los primeros dueños de aquella villa señorial y hermosa, construir de sus manos y su afán de diferenciarse de aquellos que no eran de su clase, un lugar que llegaría a tener un encanto que ni en sus mentes, aquellas que extrañaban los vientos fuertes de una península lejana, podrían llegar a imaginarse nunca.

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Nathaly Castillo Alvarado

Leer y escribir son dos cosas que Nathaly hace todos los días. Le encanta 'devorar' un buen libro y consumir información. Para la escritura se inspira y se documenta antes de emitir una opinión. Las olas la han llevado a una aventura por las costas del mundo; pero aún no sabemos cuando su barco encalle en una playa colombiana.

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